Javier Milei a contramano: Malvinas, FMI y el insumo de la provocación asistida en medio de la crisis de confianza

Javier Milei a contramano: Malvinas, FMI y el insumo de la provocación asistida en medio de la crisis de confianza

Lo que se esperaba como una reafirmación vigorosa de la soberanía nacional se diluyó en un discurso provocador. La sospecha por el FMI.

Por Julián Guarino

El acto conmemorativo por el Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas, presidido por Javier Milei en la Plaza San Martín, dejó un regusto de desencanto que no pasa desapercibido. Lo que se esperaba como una reafirmación vigorosa de la soberanía nacional se diluyó en un discurso que, aunque cargado de referencias a la libertad y la prosperidad, careció de la contundencia que un tema de esta envergadura reclama. El Presidente optó por una retórica que, envuelta en su habitual énfasis libertario, pareció más un ejercicio de conciliación que una defensa firme del histórico reclamo argentino.

Entre los veteranos presentes, el malestar fue evidente. Quienes en 1982 arriesgaron sus vidas por la patria contemplaron con desconcierto y cierta indignación contenida un mensaje que no resonó con la memoria de su sacrificio. Milei expresó que desea que los habitantes de las islas, a quienes denominó “malvinenses”, “decidan votarnos con los pies”, sugiriendo que la recuperación del territorio depende de una elección voluntaria de los isleños, atraídos por un país próspero. Esta postura, que algunos tildaron de ilusoria, chocó frontalmente con las expectativas de quienes aún llevan la guerra en su piel. En rigor, se trata de la postura histórica de Reino Unido. Precisamente.

Si uno echa mano de la Constitución Nacional (la argentina, no la del Reino Unido), entonces tiene, en su Disposición Transitoria Primera, incorporada en la reforma de 1994, lo siguiente:

Disposición Transitoria Primera: "La Nación Argentina ratifica su legítima e imprescriptible soberanía sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur y los espacios marítimos e insulares correspondientes, por ser parte integrante del territorio nacional. La recuperación de dichos territorios y el ejercicio pleno de la soberanía, respetando el modo de vida de sus habitantes, y conforme al derecho internacional, constituyen un objetivo permanente e irrenunciable del pueblo argentino."

Sin rumbo claro y contra la doctrina

El trasfondo del discurso destiló una ambigüedad que no pocos leyeron como un guiño a la resignación. Hablar de soberanía mientras se plantea que los kelpers podrían optar por ser argentinos si Argentina se convierte en una “potencia” desvía la atención del núcleo del conflicto: las islas fueron ocupadas por el Reino Unido en 1833, con la expulsión de su población original y la prohibición de su retorno, en un acto que vulneró la integridad territorial del país. Como se ha señalado en debates recientes, no hay espacio aquí para el principio de autodeterminación, pues no se trata de una elección democrática, sino de una usurpación histórica que exige una postura clara.

Sin embargo, cabe preguntarse si esta tibieza responde a un cálculo más amplio. Surge la duda de si Milei moderó su agresividad hacia el Reino Unido en la causa Malvinas por la necesidad de asegurar su apoyo en el directorio del Fondo Monetario Internacional, donde Londres tiene peso como miembro influyente. En un momento en que Argentina negocia un nuevo acuerdo con el FMI para aliviar su deuda, la posibilidad de que el Gobierno haya optado por una diplomacia más suave con los británicos a cambio de respaldo financiero no puede descartarse, aunque carezca de confirmación oficial.

La provocación como insumo en medio de las turbulencias

El timing de este enfoque resultó particularmente inoportuno. En un país donde Malvinas sigue siendo un símbolo que atraviesa generaciones, plantear una solución que delega la iniciativa a los ocupantes del territorio —en lugar de reafirmar el reclamo diplomático con vigor— se percibe como una falta de sensibilidad histórica. La memoria de los 649 caídos en 1982 no tolera ambivalencias, y el discurso oficial pareció subestimar el peso emocional que esta fecha carga en la conciencia nacional.

La escenografía del acto, con sus banderas y acordes patrios, no logró ocultar las fisuras del mensaje. El énfasis en la defensa de las Fuerzas Armadas y las críticas a la “casta política” no compensaron la ausencia de una estrategia concreta para las islas. Todo quedó en una formalidad que priorizó la narrativa ideológica del Gobierno por sobre un compromiso tangible con la causa, dejando la sensación de que el homenaje fue más un trámite que una declaración de principios.

Así, la conmemoración bajo la gestión de Milei se recordará no por su capacidad de unir o inspirar, sino por el murmullo de decepción que la acompañó. Queda en el aire si esta ambigüedad es solo un traspié o una señal de pragmatismo forzado por las urgencias económicas y las negociaciones internacionales. En un país que aún busca sanar las heridas de aquel conflicto, la falta de un mensaje rotundo posterga una vez más el debate serio sobre el destino de las islas, mientras la duda sobre los verdaderos motivos del Presidente sigue flotando sin respuesta.

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